Isabel la Católica, la humildad de una Reina

Hace unos pocos días encontré en unos viejos libros de comienzos del siglo pasado relatos que me llamaron mucho la atención. Dado que se aproxima el 12 de octubre, comenzaré con uno que hace a la vida de Isabel la Católica. Esta Reina es injustamente atacada por muchos que no conocen su verdadera historia. Para tener una idea acerca de la grandeza y humildad de esta Señora sólo basta con echar una mirada al testamento que dejó. En un artículo publicado el pasado año, se puede leer un extracto que atañe a la temática de este blog y en el que expone que las personas que poblaban el Nuevo Mundo debían recibir el mismo trato que cualquier ciudadano de Castilla. http://www.historia-mexico.info/2011/10/isabel-la-catolica-una-gran-reina.html

A continuación presentaré la historia que se titula La Reina de la Aguja cuyo autor es J. Ortega Munilla y que fue publicada a comienzos del siglo XX por el editor Ramón Sopena.

LA REINA DE LA AGUJA
 
Allí, en Tordesillas, encontrábase una vez la Corte española. La reina doña Isabel I descansaba una tarde a la sombra de unos arbolillos, en la humilde huerta de la Casa Real... Estos monarcas no nadaban en la abundancia ni en el lujo. Míseramente vivían. No gozaban en esa hora de un gran presupuesto. La buena y santa reina preparaba la guerra contra el moro, decidida a concluir con la invasión musulmana en la península. Esto ocurría de 1482 a 1492. En ese período, la reina de Castilla y su esposo el rey don Fernando de Aragón, desvelábanse preparando la campaña.
Todo era miseria en las tierras de ambos soberanos. Poco antes hubo la invasión de la peste negra que diezmó las villas. Era una dolencia de origen oriental. Los peregrinos la traían y la iban derramando. Millares de millares de españoles cayeron por la que entonces se denominaba "Landre";. La ciencia médica aun no existía. Algunos geniales descubridores intentaban medios de salud. Pueblos hubo en que, según la crónica, no quedó para contarlo, sino un pobre viejo que se salvó de la mortandad por milagro divino. Y él iba cada mañana al templo abandonado, tocaba la campana, y no pudiendo oír la misa, porque no había sacerdote, rezaba el santo rosario ante la imagen de la Virgen de los Dolores.
Iban a llegar a Tordesillas ciertos embajadores del país que había enviado la peste. Un príncipe de la Persia. El traía de sus tierras la riqueza máxima entonces conocida. Decíase que este príncipe iba seguido de más de cien caballos, de innumerables mulas y camellos. Iba a ofrecer a los reyes castellanos y aragoneses el homenaje, con la esperanza de un convenio para la circulación de las especies por los puertos del Cantábrico. Y la reina Isabel de Castilla examinó el bagaje de su esposo; encontrólo averiado. Y ella misma tomó en sus manos el tabardo dei rey don Fernando y lo remendó gentilmente con su aguja.


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Imagen tomada del libro anteriormente citado - Isabel la Católica


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